No hay partitura de Sevilla y su Semana Santa sin su
Silencio. En cada saeta y marcha, el silencio mantiene el tiempo y marca la
entrada o el final deslumbrante en el que viento y percusión al unísono rematan
la chicotá.
No hay procesión en Sevilla en la que no suene el silencio.
Sin director que lo marque, el silencio aparece de forma espontanea, casi
mágica, para anunciar también ese momento sublime en el que el mundo calla.
Silencio es el sonido de la espera a que la puerta se abra el Domingo de Ramos
y que otra cierre en la Gloria. Silencio es el sonido del tiempo que pasa entre
la última llamada y la levantá, también
el de ese instante en el que paso queda suspendido en el aire para caer luego
sobre el costalero y romper su cuerpo.
Silencio es también el sonido de la llama de un cirio que
espera ser encendido, y el de la palma de una mano abierta que busca un
caramelo. Silencio es el sonido de una mirada que mata; el de la duda si
Nuestra Señora ríe o llora, y cuando descubres que un Cristo te habla. Silencio
es el sonido de Sevilla en Semana Santa cuando alguien derrama la primera
lágrima.
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